La topografía desértica de Landroid y la marcha eléctrica de Hank the Dragon
Los músicos veteranos Cooper Gillespie y Greg Gordon, tras recorrer diversos circuitos del punk y rock en Los Ángeles, decidieron mudar su base al pequeño pueblo californiano de Landers. En este entorno de poco más de dos mil seiscientos habitantes, el dúo fundó Landroid, un proyecto cuyo sonido refleja el paisaje árido. Su propuesta se define por texturas vastas, etéreas y de un marcado corte cinemático.
Tras debutar en dos mil diecinueve con el álbum Imperial Dunes bajo su propio sello, la banda cofundó el foro cultural Mojave Gold en Joshua Tree. Actualmente preparan el lanzamiento de su siguiente disco, Constellation, planteado como una narrativa mítica sobre herencias y desequilibrios temporales. Este trabajo de estudio incorpora al compositor Nigel Roman para sumar un juego vocal entre hombres y mujeres.
Como una ventana hacia esta nueva etapa de exploración sónica, la agrupación presenta al público su reciente corte promocional titulado Hank the Dragon. Se trata de una composición nítidamente rock que no teme incorporar ciertos matices de corte experimental en su desarrollo de estudio. Estos elementos se entrelazan de forma medida para dar forma a una atmósfera muy buena.
El eje conductor del tema se sostiene sobre un ritmo dinámico que evoca el vaivén de una montaña rusa por su constante movimiento. A esta marcha instrumental se añade una interpretación vocal que le aporta una gran dosis de vida a toda la entrega. De este modo, Landroid establece una propuesta directa que esquiva los convencionalismos habituales del circuito musical.
